Flores amarillas.
Y ahí estabas, sosteniendo un ramo de flores amarillas, como si supieras que ese color iba a quedarse a vivir en mi memoria. Abrí la puerta de cristal y el mundo se quedó atrás. Porque ahí, frente a ti, todo dejó de importar. Mis manos temblaban, mi respiración se rompía, y mi corazón… mi corazón no latía, corría hacia ti. Me acerqué, lenta por fuera, pero por dentro ya te había alcanzado mil veces. Tú también venías hacia mí, con esa forma tuya de hacer que todo se sienta inevitable. Y entonces pasó… No lo pensé. No lo dudé. No lo contuve. Te abracé como si se me fuera la vida, como si en tus brazos encontrara todo lo que nunca supe que me hacía falta. Y te besé… con el alma temblando, con el miedo deshaciéndose, con el corazón entregándose sin pedir permiso. No miento al decir que en cuanto te vi, algo dentro de mí se rompió… pero bonito. Se me hizo chiquito el corazón, como si no pudiera cargar tanta emoción. Quería llorar, y estaba temblando, pero no de miedo… Era amor, era vé...