Entradas

Mostrando las entradas de febrero, 2026

Soy yo.

Odio en lo que me he convertido. Y lo peor es que no es accidente. Soy yo eligiendo lo mismo una y otra vez. No sé estar sola porque me doy miedo. Porque cuando no hay nadie, solo quedo yo y no me gusto. Digo que necesito amor, pero lo que necesito es anestesia. Cualquier mensaje sirve. Cualquier abrazo sirve. Cualquier "te quiero" mal dicho sirve con tal de no sentir el hueco. Me quejo de que me dejan, pero yo me abandono primero. Me traiciono. Me hago pequeña. Me adapto. Me doblo. Acepto migajas y luego lloro porque no me dieron un banquete. ¿Quién me obligó a sentarme en esa mesa? Nadie. Soy yo buscando validación como si fuera oxígeno. Soy yo rogando que alguien se quede aunque me esté rompiendo. No es que no pueda estar sola. Es que no quiero enfrentar que tal vez no sé quién soy si nadie me está mirando. Me llamo dependiente como si fuera una etiqueta clínica, pero también es cobardía. Cobardía de mirarme al espejo y hacerme cargo de mí. Porque mientras corra hacia otro...

Mi color.

Tal vez el rosa ya no es mi color. El rosa ya no me sostiene. Antes me quedaba perfecto, como si hubiera nacido conmigo. Era la luz en mis mejillas, era mi risa, era esa versión mía que tanto amaban. Ahora me lo pongo y no me reconoce. Me queda pequeño. Me queda falso. El azul empezó a meterse en mis sueños y se sentó a los pies de mi cama como si supiera que tarde o temprano lo iba a necesitar. El azul no me grita. El azul me pesa. No me hace feliz. Pero me hace sentir. Con el rosa yo flotaba. Con el azul yo me hundo… pero al menos toco fondo y sé dónde estoy parada. Me da miedo admitirlo... Hay algo confortable en esta tristeza. Algo honesto. Algo que no intenta fingir que todo está bien. El rosa era ternura. Era ilusión. Era un "todo está bien". El azul es silencio. Es aceptar que hay días donde no hay brillo. Es mirarme y no intentar convencerme de que soy la misma. Y quizá lo más doloroso no es que el azul se esté acercando… Es que yo lo estoy dejando entrar. Porque esto...

Suficiente.

Me rompiste y ahora, por primera vez, me da miedo sentir. Me amaste tanto, sin promesas, sin nombre, sin un lugar definido. Yo estaba indecisa, temblando entre el sí y el no, pero aún así decidí sentir. Había amor. Había deseo. Habían gestos de novios y silencios de algo prohibido. Pero nunca hubo una etiqueta que nos sostuviera. Nunca supe qué fuimos. Demasiado para ser amigos, insuficientes para llamarnos pareja. Un casi. Un "quédate" sin compromiso. Rompí mi propia moral intentando merecer tu amor, creyendo que dar más era la forma de quedarme. Y tal vez fue justo eso lo que terminó por quebrarnos. Sin pensar, hice cosas para darte placer, para ser tu elegida, para que sintieras que te pertenecía. Pero lo arruiné. Toqué heridas que ya estaban cerrando. Hice sangrar un corazón que apenas aprendía a cicatrizar. Y me arrepiento. Te extraño en los momentos más pequeños. Aún te sueño. Aún te busco en recuerdos que no se van. Recuerdo tus besos, tus abrazos, tu olor… y cómo en e...

El hilo.

Hay silencios que no son casualidad. Son decisiones que uno no toma. A veces dejo el celular quieto, solo para confirmar lo que ya sé: si no sostengo el hilo, se corta. Hubieron palabras tan hermosas  que parecían verdad. Las creí. Creí que ocupaba un lugar real, que no era algo reemplazable. Fue suficiente un error, UNO, para que todo se arruinara. Como si lo nuestro hubiera sido apenas una nota en un papel desechable. Me pregunto qué tan fácil es olvidarme. Qué tan poco peso tuve para que el recuerdo no te incomode. Yo hice espacio para tus problemas, los entendí, los defendí incluso cuando dolían. No sabía que la comprensión no siempre es un puente de ida y vuelta. Y hay algo que duele más que tu distancia: darme cuenta de que sigo extrañando a alguien que no me necesita. A veces no sé qué pesa más, si tu indiferencia o la vergüenza de seguir esperando algo que claramente ya no está.

Coronas fúnebres.

El día que muera no se atrevan a llevarme ni una sola flor. No decoren con pétalos lo que en vida dejaron seco. No quiero mariachis llorando canciones que jamás cantaron para mí cuando todavía respiraba. No quiero manos temblorosas dejando rosas sobre un pecho que ignoraron cuando latía. Porque no fui jardín para ustedes. Fui desierto. Y aprendí a florecer sola. No me construyan un altar si nunca me sostuvieron cuando me estaba cayendo. No pronuncien mi nombre con ternura si en vida lo dijeron con distancia. Las coronas fúnebres no reparan los silencios. Las lágrimas públicas no limpian las ausencias. No me amen cuando ya no incomodo. No me valoren cuando ya no necesito. No me abracen cuando ya no puedo sentir el peso. El amor que llega tarde no es amor. Es remordimiento. Y yo no quiero ser su remordimiento perfumado. Si recibiera flores, quisiera que fuera mientras pueda olerlas. Mientras pueda mirarlas. Mientras pueda creerles. Después de eso, nada vale, y nada importa.

Sostenerse sin extinguirse.

En un intento de contenerse sin apagarse, ella se desbordó. No hubo intención de herir, pero el fuego, cuando tiembla, alcanza más de lo que piensa. Lo quemó. Él se asustó. Retrocedió protegiendo su propia piel. Y en esa distancia hubo algo parecido al abandono, aunque nadie lo llamó así. También hubo momentos  en los que el frío de él rozó su llama  y la hizo temblar. Pequeñas salpicaduras que enfriaban los bordes, que la hacían dudar de su propio calor. Ella no pedía que se quedara dentro del incendio, solo un poco de comprensión  mientras aprendía a regular su intensidad. Pero el miedo suele pesar más que el deseo  cuando la piel ya conoce el ardor. Aún así, ella sigue ahí. No para insistir, no para retener lo que se fue, sino para aprender otra forma de tocar. Quiere acercarse sin herir, rozar sin invadir, ser llama que abriga y no que consume. Y, si algún día él regresa, espera que pueda tocarla sin apagarla, sin convertir su luz en humo. Tal vez todo sea cuesti...

Mi versión nocturna.

A veces siento que soy la prueba viva de una "personalidad feliz con el alma triste". De día sonrío sin esfuerzo, hago bromas, chistes, y soy optimista. Parezco ligera, estable, incluso feliz. Pero cuando cae la noche y me quedo sola, todo se derrumba. Regresa esa sensación asfixiante de tristeza, vacío y depresión; la certeza de no ser suficiente para nada ni para nadie. No sé si ese sentimiento es real, pero existe, pesa, y aprendí a cargarlo como si fuera parte de mí. La gente se sorprendería si conociera a mi versión nocturna: esa adolescente suicida que nunca creció, que se quedó suspendida en el abandono, el silencio y la falta de amor. Nadie imaginaría que habita dentro de una casi profesionista con excelencia académica y una vida que, desde afuera, parece perfecta. Al final, las apariencias no solo engañan: mienten.

El diablo me alcanzó.

El diablo no solo me alcanzó. Me armó a putazos. Me construyó con abandono, con silencios de mierda, con gente que se fue sin mirar atrás y me dejó creyendo que amar era aguantar como una pendeja. No nací así: me hicieron así, a base de ausencias repetidas hasta que el vacío se volvió mi puta columna vertebral. Me enseñó que el amor no se recibe, se mendiga. Que tengo que dar más, callarme más, aguantar más para que no se vayan. Me metió en la cabeza que si me abandonan es porque yo soy el problema, porque soy una puta intensa, hipersensible y vulnerable… como si sentir no fuera una virtud sino un defecto asqueroso. Me convirtió en alguien que se encoge para no estorbar y luego se odia por desaparecer. El diablo me construyó el día que quise matarme por amor. Porque estar viva sin ser elegida se sentía más humillante que morirme. Porque pensé, con una claridad de la chingada, que desaparecer sería un descanso. Que dejar de existir dolería menos que seguir siendo la que ama como idiota ...

Pedirme perdón.

Ojalá algún día te atrevas a pedirme perdón. Porque fuiste refugio para mis heridas, pero cuando huiste me dejaste sangrando como nunca. Me dijeron que te fuiste porque no podías darme lo que yo necesitaba, pero yo preferí creer que simplemente ya no me amabas. Era más fácil odiarte que aceptar que me querías sin poder sostenerme. Te odio por no intentarlo. Te odio porque no fuiste el rogón que me juraste ser. Pero también te agradezco, porque a la fuerza me enseñaste que yo pedía amor cuando en realidad pedía auxilio. Gracias por dejarme ir. Y aunque me doliera como muerte, Tú ya sabías que estabas con la mujer de otro hombre.