Flores amarillas.

Y ahí estabas,
sosteniendo un ramo de flores amarillas,
como si supieras
que ese color iba a quedarse a vivir en mi memoria.

Abrí la puerta de cristal
y el mundo se quedó atrás.
Porque ahí, frente a ti,
todo dejó de importar.

Mis manos temblaban,
mi respiración se rompía, 
y mi corazón…
mi corazón no latía, corría hacia ti.

Me acerqué,
lenta por fuera,
pero por dentro
ya te había alcanzado mil veces.

Tú también venías hacia mí,
con esa forma tuya de hacer que todo se sienta inevitable.
Y entonces pasó…

No lo pensé.
No lo dudé.
No lo contuve.

Te abracé
como si se me fuera la vida,
como si en tus brazos encontrara
todo lo que nunca supe que me hacía falta.

Y te besé…
con el alma temblando,
con el miedo deshaciéndose,
con el corazón entregándose sin pedir permiso.

No miento al decir
que en cuanto te vi,
algo dentro de mí se rompió…
pero bonito.

Se me hizo chiquito el corazón,
como si no pudiera cargar tanta emoción.
Quería llorar,
y estaba temblando,
pero no de miedo…

Era amor,
era vértigo,
era la certeza
de que ese momento
iba a marcarme para siempre.

Nunca había recibido este trato,
tan lleno de intención,
tan cargado de ternura,
tan peligrosamente real.

Porque no eran solo flores…
eran las primeras flores amarillas
que alguien me daba en toda mi vida.

Y no era el ramo,
era lo que significaba:
que alguien, por fin,
pensó en mí de esa manera.

Que alguien quiso verme sonreír así,
con el corazón desbordándose
y los ojos brillando sin poder disimularlo.

Eras tú…
eligiéndome,
mirándome como si yo fuera suficiente,
como si yo fuera todo.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El diablo me alcanzó.

Navy Blue.

El hilo.