El diablo me alcanzó.
El diablo no solo me alcanzó. Me armó a putazos. Me construyó con abandono, con silencios de mierda, con gente que se fue sin mirar atrás y me dejó creyendo que amar era aguantar como una pendeja. No nací así: me hicieron así, a base de ausencias repetidas hasta que el vacío se volvió mi puta columna vertebral.
Me enseñó que el amor no se recibe, se mendiga. Que tengo que dar más, callarme más, aguantar más para que no se vayan. Me metió en la cabeza que si me abandonan es porque yo soy el problema, porque soy una puta intensa, hipersensible y vulnerable… como si sentir no fuera una virtud sino un defecto asqueroso. Me convirtió en alguien que se encoge para no estorbar y luego se odia por desaparecer.
El diablo me construyó el día que quise matarme por amor. Porque estar viva sin ser elegida se sentía más humillante que morirme. Porque pensé, con una claridad de la chingada, que desaparecer sería un descanso. Que dejar de existir dolería menos que seguir siendo la que ama como idiota y recibe migajas. Eso no fue romanticismo: fue tocar fondo con la mente despierta y el corazón hecho mierda.
Me construyó con cada autolesión. No porque quisiera sufrir, ya estaba sufriendo, sino porque el dolor emocional no tenía forma y necesitaba salir. Me corté porque sangrar era más honesto que seguir sonriendo. Porque nadie veía mi dolor y yo necesitaba verlo, tocarlo, controlarlo. Porque preferí hacerme daño yo antes que seguir esperando que alguien me cuidara. Eso es lo más jodido: me herí para sobrevivir.
Y aún así seguí. Como una cabrona funcional. Estudiando, cuidando, escuchando, amando, sosteniendo a otros mientras yo estaba rota por dentro. El diablo fue listo: no me destruyó. El muy hijo de perra me dejó viva, consciente, sensible, con memoria. Me dejó respirando pero con miedo, amando pero alerta, deseando pero siempre preparada para que me manden a la verga.
Vive en mí cuando amo con ansiedad. Cuando necesito confirmaciones. Cuando me aterra pedir lo mínimo. Cuando siento culpa por necesitar. Vive en esa voz culera que me dice que el amor no es gratis para mí, que tengo que ganármelo a pulso, que si no doy todo no merezco nada.
El diablo me construyó con mis cicatrices, con mis ganas de desaparecer, con mi capacidad absurda de amar a pesar de todo. Me hizo profunda y luego me castigó por serlo. Me dejó aquí, viva, sabiendo exactamente cómo duele que no se queden. Eso es la verdadera crueldad: no morirme, sino vivir así.
Y aún con todo eso, sigo aquí.
No rota del todo.
No rendida.
Viva.
Cada cicatriz es una prueba de que intentaron quebrarme y no pudieron del todo. Cada vez que sigo amando, aunque me tiemble el cuerpo, le estoy quitando terreno. Cada vez que me elijo, aunque sea un poco, le arranco un ladrillo a lo que construyó.
Puede que el diablo haya puesto los cimientos, pero ya no es el arquitecto.
Ahora soy yo.
Y aunque a veces duela como la puta chingada, aprender a vivir sin abandonarme a mí misma es la venganza más grande que existe.
Comentarios
Publicar un comentario