Sostenerse sin extinguirse.
En un intento de contenerse sin apagarse,
ella se desbordó.
No hubo intención de herir,
pero el fuego, cuando tiembla,
alcanza más de lo que piensa.
Lo quemó.
Él se asustó.
Retrocedió protegiendo su propia piel.
Y en esa distancia hubo algo parecido al abandono,
aunque nadie lo llamó así.
También hubo momentos en los que el frío de él rozó su llama y la hizo temblar.
Pequeñas salpicaduras que enfriaban los bordes,
que la hacían dudar de su propio calor.
Ella no pedía que se quedara dentro del incendio,
solo un poco de comprensión mientras aprendía a regular su intensidad.
Pero el miedo suele pesar más que el deseo cuando la piel ya conoce el ardor.
Aún así, ella sigue ahí.
No para insistir,
no para retener lo que se fue,
sino para aprender otra forma de tocar.
Quiere acercarse sin herir,
rozar sin invadir,
ser llama que abriga y no que consume.
Y, si algún día él regresa,
espera que pueda tocarla sin apagarla,
sin convertir su luz en humo.
Tal vez todo sea cuestión de temperatura.
Tal vez solo necesitan tiempo para descubrir cómo sostenerse sin extinguirse.
Comentarios
Publicar un comentario