Cuando lloro, estorbo.

Dicen que la familia sostiene,
pero aquí
llorar es una falta de respeto.

Aprendí a cerrar la boca
antes de que me la llenen de preguntas,
antes de que mi dolor se vuelva
algo incómodo
que hay que corregir.

A veces me dan cariño,
sí,
pero dura poco
y pesa mucho.
Viene con juicios,
con miradas que cansan,
con la advertencia silenciosa
de no sentir tanto.

Cuando lloro, estorbo.
Cuando callo, descanso.

Estoy cansada
de explicar lo que siento,
de justificar por qué duele,
de parecer fuerte
para que nadie se moleste.

Me cansé incluso
de tener hambre,
de pensar qué comer,
de ocupar espacio
con un cuerpo que ya no sabe
para qué sostenerse.

Cargo un vacío
que nadie quiere mirar,
un hueco que no se llena
con consejos
ni con frases.

Estoy rodeada de gente
que no quiere saber cómo estoy,
solo quiere que funcione,
que no rompa el orden,
que no incomode.

Aquí no se acompaña el dolor,
se tapa.
Aquí no se escucha,
se exige.

Y yo,
para no provocar enojo,
me volví pequeña,
callada,
ligera…
como si desaparecer
fuera una forma válida
de no fallarles.

No estoy sola
porque falte gente,
estoy sola
porque aquí
no hay espacio
para mi vacío.

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