Mi color.

Tal vez el rosa ya no es mi color.
El rosa ya no me sostiene.
Antes me quedaba perfecto, como si hubiera nacido conmigo.
Era la luz en mis mejillas,
era mi risa,
era esa versión mía que tanto amaban.

Ahora me lo pongo y no me reconoce.
Me queda pequeño.
Me queda falso.

El azul empezó a meterse en mis sueños y se sentó a los pies de mi cama como si supiera que tarde o temprano lo iba a necesitar.

El azul no me grita.
El azul me pesa.
No me hace feliz.
Pero me hace sentir.

Con el rosa yo flotaba.
Con el azul yo me hundo…
pero al menos toco fondo y sé dónde estoy parada.

Me da miedo admitirlo...
Hay algo confortable en esta tristeza.
Algo honesto.
Algo que no intenta fingir que todo está bien.

El rosa era ternura.
Era ilusión.
Era un "todo está bien".

El azul es silencio.
Es aceptar que hay días donde no hay brillo.
Es mirarme y no intentar convencerme de que soy la misma.

Y quizá lo más doloroso no es que el azul se esté acercando…
Es que yo lo estoy dejando entrar.

Porque estoy cansada de fingir claridad.
Cansada de vestirme de algo que ya no vibra.

Si el azul me está llamando,
no es porque quiera salvarme.
Es porque sabe que siempre he estado aquí.

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