Amarilla.

La vida debería ser amarilla,
pero no de un amarillo tibio,
sino de ese que encandila y cega,
que promete luz
aunque sea incendio.

Amarilla…
o amar-i-lla,
amar… y ya,
aunque el cuerpo no alcance,
aunque el alma se desborde.

Porque hay "amores"
que no saben sostenerse en calma,
que se vuelven costumbre, necesidad,
una forma de respirar prestado.

Amar-i-lla…
amar como si el otro fuera hogar
y también un huracán,
como si irse fuera morir
y quedarse… romperse.

Amar y ya,
aunque duela más de lo que cura,
aunque uno se pierda en el intento
de ser suficiente para alguien más.

La vida debería ser amarilla,
intensa hasta el borde del abismo,
donde el amor se vuelve vértigo
y el vértigo… adicción.

Porque a veces amar
es olvidarse de uno mismo,
es incendiarse por dentro
para dar calor a otro.

Amar-i-lla…
amar incluso cuando quema,
cuando deja cortes,
cuando convierte el latido
en una urgencia que no descansa.

Y aún así,
hay algo hermoso en la caída,
en esa forma tan humana
de romperse por sentir demasiado.

La vida debería ser amarilla…
aunque a veces duela,
aunque a veces destruya,
aunque amar…
sea también perderse.

Amar-i-lla,
amar…
y ya.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El diablo me alcanzó.

Navy Blue.

El hilo.