Entradas

Mi versión nocturna.

A veces siento que soy la prueba viva de una "personalidad feliz con el alma triste". De día sonrío sin esfuerzo, hago bromas, chistes, y soy optimista. Parezco ligera, estable, incluso feliz. Pero cuando cae la noche y me quedo sola, todo se derrumba. Regresa esa sensación asfixiante de tristeza, vacío y depresión; la certeza de no ser suficiente para nada ni para nadie. No sé si ese sentimiento es real, pero existe, pesa, y aprendí a cargarlo como si fuera parte de mí. La gente se sorprendería si conociera a mi versión nocturna: esa adolescente suicida que nunca creció, que se quedó suspendida en el abandono, el silencio y la falta de amor. Nadie imaginaría que habita dentro de una casi profesionista con excelencia académica y una vida que, desde afuera, parece perfecta. Al final, las apariencias no solo engañan: mienten.

El diablo me alcanzó.

El diablo no solo me alcanzó. Me armó a putazos. Me construyó con abandono, con silencios de mierda, con gente que se fue sin mirar atrás y me dejó creyendo que amar era aguantar como una pendeja. No nací así: me hicieron así, a base de ausencias repetidas hasta que el vacío se volvió mi puta columna vertebral. Me enseñó que el amor no se recibe, se mendiga. Que tengo que dar más, callarme más, aguantar más para que no se vayan. Me metió en la cabeza que si me abandonan es porque yo soy el problema, porque soy una puta intensa, hipersensible y vulnerable… como si sentir no fuera una virtud sino un defecto asqueroso. Me convirtió en alguien que se encoge para no estorbar y luego se odia por desaparecer. El diablo me construyó el día que quise matarme por amor. Porque estar viva sin ser elegida se sentía más humillante que morirme. Porque pensé, con una claridad de la chingada, que desaparecer sería un descanso. Que dejar de existir dolería menos que seguir siendo la que ama como idiota ...

Pedirme perdón.

Ojalá algún día te atrevas a pedirme perdón. Porque fuiste refugio para mis heridas, pero cuando huiste me dejaste sangrando como nunca. Me dijeron que te fuiste porque no podías darme lo que yo necesitaba, pero yo preferí creer que simplemente ya no me amabas. Era más fácil odiarte que aceptar que me querías sin poder sostenerme. Te odio por no intentarlo. Te odio porque no fuiste el rogón que me juraste ser. Pero también te agradezco, porque a la fuerza me enseñaste que yo pedía amor cuando en realidad pedía auxilio. Gracias por dejarme ir. Y aunque me doliera como muerte, Tú ya sabías que estabas con la mujer de otro hombre.

Navy Blue.

Me siento jodidamente sola. Así, sin metáforas bonitas. Sola aunque respire, sola aunque esté conectada. La cabeza no se calla, el pecho se siente hueco como lata vacía pateada por la vida. Reviso el celular como una idiota con esperanza, esperando que alguien me haga sentir que importo. ¿Tan ocupado estás que ni abrir un mensaje puedes? ¿O simplemente soy tan irrelevante? Siempre soy la que espera, la que entiende, la que se queda callada para no molestar. Y aún así, nunca soy prioridad. No estoy viviendo, estoy sobreviviendo en modo automático, peleando con mi mente todos los malditos días. No quiero discursos, no quiero promesas falsas, no quiero un “luego hablamos”. Quiero que alguien se quede cuando me estoy cayendo. Pero lo único que sale de mi boca, Estando cansada, rota y navy blue hasta el alma, es un "por favor, no te vayas". "No me dejes sola".

Cuando lloro, estorbo.

Dicen que la familia sostiene, pero aquí llorar es una falta de respeto. Aprendí a cerrar la boca antes de que me la llenen de preguntas, antes de que mi dolor se vuelva algo incómodo que hay que corregir. A veces me dan cariño, sí, pero dura poco y pesa mucho. Viene con juicios, con miradas que cansan, con la advertencia silenciosa de no sentir tanto. Cuando lloro, estorbo. Cuando callo, descanso. Estoy cansada de explicar lo que siento, de justificar por qué duele, de parecer fuerte para que nadie se moleste. Me cansé incluso de tener hambre, de pensar qué comer, de ocupar espacio con un cuerpo que ya no sabe para qué sostenerse. Cargo un vacío que nadie quiere mirar, un hueco que no se llena con consejos ni con frases. Estoy rodeada de gente que no quiere saber cómo estoy, solo quiere que funcione, que no rompa el orden, que no incomode. Aquí no se acompaña el dolor, se tapa. Aquí no se escucha, se exige. Y yo, para no provocar enojo, me volví pequeña, callada, ligera… como si desap...

Tal vez.

Tal vez no soy especial, solo una sombra buscando ser vista. Tal vez no soy la favorita de nadie, ni el lugar al que alguien quiere volver. Tal vez no valgo la pena, porque aprendí a mirarme con los ojos de quien no se quedó. Tal vez no soy suficiente, y esa palabra pesa más que mi nombre. Tal vez, si fuera más bonita, más brillante, más feliz… si fuera menos yo. Tal vez me elegirían, tal vez sería querida. Pero aquí estoy, cansada de cambiarme para merecer amor.

Criada para tener miedo.

Nací con un corazón sin límites, capaz de amar sin permiso, sin géneros, sin reglas. Nací pan, pero crecí aprendiendo que ese amor podía costarme la casa, el apellido, el abrazo que nunca fue fácil. No me enseñaron a odiar, me enseñaron a tener miedo. Miedo a las miradas duras, a las palabras que hieren, al silencio que expulsa. Aprendí a esconderme bien, a medir cada emoción, a tragarme el temblor cada vez que alguien pregunta de más. Porque aquí amar distinto no es solo decepcionar, es arriesgarse al rechazo, al desprecio disfrazado de opinión, a dejar de ser familia. No puedo amar a todas las personas como realmente quisiera. Tengo que elegir qué sentir, qué callar, qué negar antes de que me lo arrebaten. Cada sentimiento verdadero lo escondo antes de que respire, no por vergüenza, sino por terror a perderlo todo. No es que no sepa amar, es que me obligaron a sobrevivir en un lugar donde mi amor es visto como una amenaza. Nacida para amar sin límites, criada para tener miedo. Y tal ...