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Azul intenso.

Ya no me importa que seas el rosa más suave, porque ahora sé que el azul intenso que encontré es el color que realmente me llena. Es ese tono profundo que no se desvanece con el tiempo, que no necesita disfrazarse de algo más para ser hermoso. Es calma y tormenta al mismo tiempo, es certeza en medio del caos. Y aunque alguna vez pensé que lo delicado era lo que necesitaba, hoy entiendo que lo que de verdad me sostiene es aquello que se siente intenso, real y sincero.

Ataques de pánico.

Normalicen dedicar ataques de pánico  "Amor, te dedico aquella noche en la que todo mi cuerpo temblaba. Aquella noche en la que apenas podía respirar de tanto llorar. La misma en la que la desesperación me desbordaba tanto que terminé golpeándome la cabeza, buscando mi cutter por todos lados para poder calmar el caos de mi interior.  Te la dedico porque esa fue la noche en la que el miedo me consumió por completo: el miedo de perderte, el miedo de que te fueras después de haberte herido con mi imprudencia."

Soy yo.

Odio en lo que me he convertido. Y lo peor es que no es accidente. Soy yo eligiendo lo mismo una y otra vez. No sé estar sola porque me doy miedo. Porque cuando no hay nadie, solo quedo yo y no me gusto. Digo que necesito amor, pero lo que necesito es anestesia. Cualquier mensaje sirve. Cualquier abrazo sirve. Cualquier "te quiero" mal dicho sirve con tal de no sentir el hueco. Me quejo de que me dejan, pero yo me abandono primero. Me traiciono. Me hago pequeña. Me adapto. Me doblo. Acepto migajas y luego lloro porque no me dieron un banquete. ¿Quién me obligó a sentarme en esa mesa? Nadie. Soy yo buscando validación como si fuera oxígeno. Soy yo rogando que alguien se quede aunque me esté rompiendo. No es que no pueda estar sola. Es que no quiero enfrentar que tal vez no sé quién soy si nadie me está mirando. Me llamo dependiente como si fuera una etiqueta clínica, pero también es cobardía. Cobardía de mirarme al espejo y hacerme cargo de mí. Porque mientras corra hacia otro...

Mi color.

Tal vez el rosa ya no es mi color. El rosa ya no me sostiene. Antes me quedaba perfecto, como si hubiera nacido conmigo. Era la luz en mis mejillas, era mi risa, era esa versión mía que tanto amaban. Ahora me lo pongo y no me reconoce. Me queda pequeño. Me queda falso. El azul empezó a meterse en mis sueños y se sentó a los pies de mi cama como si supiera que tarde o temprano lo iba a necesitar. El azul no me grita. El azul me pesa. No me hace feliz. Pero me hace sentir. Con el rosa yo flotaba. Con el azul yo me hundo… pero al menos toco fondo y sé dónde estoy parada. Me da miedo admitirlo... Hay algo confortable en esta tristeza. Algo honesto. Algo que no intenta fingir que todo está bien. El rosa era ternura. Era ilusión. Era un "todo está bien". El azul es silencio. Es aceptar que hay días donde no hay brillo. Es mirarme y no intentar convencerme de que soy la misma. Y quizá lo más doloroso no es que el azul se esté acercando… Es que yo lo estoy dejando entrar. Porque esto...

Suficiente.

Me rompiste y ahora, por primera vez, me da miedo sentir. Me amaste tanto, sin promesas, sin nombre, sin un lugar definido. Yo estaba indecisa, temblando entre el sí y el no, pero aún así decidí sentir. Había amor. Había deseo. Habían gestos de novios y silencios de algo prohibido. Pero nunca hubo una etiqueta que nos sostuviera. Nunca supe qué fuimos. Demasiado para ser amigos, insuficientes para llamarnos pareja. Un casi. Un "quédate" sin compromiso. Rompí mi propia moral intentando merecer tu amor, creyendo que dar más era la forma de quedarme. Y tal vez fue justo eso lo que terminó por quebrarnos. Sin pensar, hice cosas para darte placer, para ser tu elegida, para que sintieras que te pertenecía. Pero lo arruiné. Toqué heridas que ya estaban cerrando. Hice sangrar un corazón que apenas aprendía a cicatrizar. Y me arrepiento. Te extraño en los momentos más pequeños. Aún te sueño. Aún te busco en recuerdos que no se van. Recuerdo tus besos, tus abrazos, tu olor… y cómo en e...

El hilo.

Hay silencios que no son casualidad. Son decisiones que uno no toma. A veces dejo el celular quieto, solo para confirmar lo que ya sé: si no sostengo el hilo, se corta. Hubieron palabras tan hermosas  que parecían verdad. Las creí. Creí que ocupaba un lugar real, que no era algo reemplazable. Fue suficiente un error, UNO, para que todo se arruinara. Como si lo nuestro hubiera sido apenas una nota en un papel desechable. Me pregunto qué tan fácil es olvidarme. Qué tan poco peso tuve para que el recuerdo no te incomode. Yo hice espacio para tus problemas, los entendí, los defendí incluso cuando dolían. No sabía que la comprensión no siempre es un puente de ida y vuelta. Y hay algo que duele más que tu distancia: darme cuenta de que sigo extrañando a alguien que no me necesita. A veces no sé qué pesa más, si tu indiferencia o la vergüenza de seguir esperando algo que claramente ya no está.

Coronas fúnebres.

El día que muera no se atrevan a llevarme ni una sola flor. No decoren con pétalos lo que en vida dejaron seco. No quiero mariachis llorando canciones que jamás cantaron para mí cuando todavía respiraba. No quiero manos temblorosas dejando rosas sobre un pecho que ignoraron cuando latía. Porque no fui jardín para ustedes. Fui desierto. Y aprendí a florecer sola. No me construyan un altar si nunca me sostuvieron cuando me estaba cayendo. No pronuncien mi nombre con ternura si en vida lo dijeron con distancia. Las coronas fúnebres no reparan los silencios. Las lágrimas públicas no limpian las ausencias. No me amen cuando ya no incomodo. No me valoren cuando ya no necesito. No me abracen cuando ya no puedo sentir el peso. El amor que llega tarde no es amor. Es remordimiento. Y yo no quiero ser su remordimiento perfumado. Si recibiera flores, quisiera que fuera mientras pueda olerlas. Mientras pueda mirarlas. Mientras pueda creerles. Después de eso, nada vale, y nada importa.